Un nuevo estudio del Parlamento Europeo ha vuelto a cuantificar una realidad que el sector conoce bien, pero que a menudo se simplifica en el debate público: la Unión Europea no es autosuficiente en productos de la pesca y la acuicultura, y la dependencia de terceros países no responde a un bache coyuntural, sino a una combinación estable de hábitos de consumo, límites biológicos y regulatorios, y una brecha de competitividad en costes.
El informe sitúa la autosuficiencia global de la UE en el 38,1% en 2023, una ligera mejora frente a 2022, pero advierte de que ese porcentaje “promedio” oculta el funcionamiento real del sistema: una parte relevante de la producción comunitaria —especialmente pequeños pelágicos— se exporta, mientras que el mercado interior demanda en volumen especies que llegan mayoritariamente del exterior.
Del 38% “oficial” al 14% real: el efecto exportación
El estudio del Parlamento Europeo desciende al detalle y ofrece una lectura más dura: si toda la producción comunitaria se quedara en la UE, la oferta doméstica representaría el 31,3% del suministro disponible; pero descontando las exportaciones, la producción interna solo cubriría el 14,2% del consumo total. En el reverso, las importaciones sostienen el 82,9% del consumo comunitario de productos pesqueros y acuícolas.
El diagnóstico es, por tanto, doble: Europa produce, pero también vende fuera una parte significativa de lo que captura; y, a la vez, compra fuera gran parte de lo que realmente come.
Cinco especies concentran el problema
La dependencia se hace todavía más visible cuando se observa la cesta de consumo. Bacalao, atún, salmón, gambas y abadejo de Alaska (Alaska pollock) suman el 44% del consumo aparente de la UE, pero la autosuficiencia conjunta en ese “top 5” cae hasta solo el 9% en 2023. Las razones varían por especie: límites de cuota y disponibilidad (bacalao), capturas fuera de aguas comunitarias (atún) o una acuicultura europea insuficiente o inexistente en determinados segmentos (salmón y langostino tropical).
No es solo “cuánto importamos”, sino por qué entra a ese precio
El informe desplaza el foco desde el volumen hacia la competitividad: el porqué de la ventaja de precio de parte del producto extracomunitario. La ecuación incluye energía, coste laboral, disponibilidad de materia prima, escala industrial y productividad, con un impacto especialmente visible en productos transformados y en acuicultura.
Para ilustrarlo, el estudio recurre a cinco casos. Tres de ellos conectan directamente con el mercado del sur de Europa y con la competencia en lineal.
Caso 1: sardina de Marruecos, costes bajos… y un riesgo de suministro
La sardina marroquí aparece como ejemplo de competitividad anclada en costes estructuralmente más bajos a lo largo de la cadena. El propio informe advierte, además, de un factor que introduce volatilidad: la dependencia de materia prima externa expone al mercado europeo a tensiones por disponibilidad del recurso cuando los stocks del país proveedor se deterioran.
Caso 2: lubina y dorada de Türkiye, escala y continuidad de oferta
En acuicultura, el informe apunta a Türkiye como el gran competidor en lubina y dorada, con un modelo orientado a escala y continuidad de suministro. Un dato resume el desequilibrio: aunque Grecia lidera la producción comunitaria (57% de la UE), su volumen es aproximadamente una cuarta parte del turco, según el propio documento. La presión competitiva no solo afecta a precios: condiciona estrategias industriales, márgenes y posicionamiento de calidad de parte de la producción europea.
Caso 3: mejillón de Chile, choque directo con Galicia
El tercer caso, especialmente sensible para España, es el del mejillón chileno en formatos transformados y congelados. El estudio compara la competencia entre Chile y la gran región productora de la UE: Galicia, que produce más del 95% del mejillón español. España, recuerda el informe, es el principal productor comunitario (en torno al 43% de la producción de la UE). La conclusión es incómoda: incluso con prestigio y tradición, la industria europea puede perder terreno cuando la competencia combina escala, eficiencia y capacidad de suministro estable.
La clave política: no “eliminar” la importación, sino gobernarla
El propio Parlamento Europeo asume que la dependencia no se corregirá solo con discursos. Si Europa quiere reducir importaciones, el informe señala una vía principal: crecimiento significativo de la acuicultura, hoy estancada en términos generales, junto a innovación (por ejemplo, traslado de bivalvos a offshore y tecnologías RAS de recirculación) y mecanismos de inversión y permisos más predecibles.
Pero incluso con ese impulso, el documento plantea otro eje: si la UE seguirá importando, debe asegurar que ese flujo se alinea con estándares verificables.
CATCH ya está en marcha: más trazabilidad en frontera, más exigencias para las empresas
En ese marco, el informe recuerda que desde enero de 2026 los importadores deben usar CATCH, la herramienta digital para presentar certificados de captura, con el objetivo de reforzar la trazabilidad y bloquear producto ligado a pesca ilegal. La Comisión lo ha presentado como un salto clave en el combate contra la pesca INDNR (IUU).
ATQ y “level playing field”: sostenibilidad y trabajo entran en el debate
El estudio añade un elemento de fondo: la UE aplica a su propia producción exigencias ambientales y sociales que no siempre se reflejan en importaciones. En ese contexto, apunta a la incorporación de criterios de sostenibilidad vinculados al régimen de contingentes arancelarios autónomos (ATQ) como palanca para exigir estándares mínimos ambientales y laborales en el acceso preferencial al mercado.
Un mercado global… con decisiones europeas
El mensaje final es claro: Europa seguirá dependiendo del exterior porque esa es la arquitectura real de su consumo y de su producción. La disyuntiva, por tanto, no es importación sí o no, sino con qué reglas, con qué garantías y con qué estrategia industrial. Con CATCH, el debate sobre los ATQ y la competitividad de la acuicultura encima de la mesa, la UE entra en 2026 con una pregunta incómoda pero inevitable: cómo sostener el abastecimiento sin vaciar de futuro a sus flotas, sus granjas y su industria transformadora.
