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domingo, febrero 22, 2026
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El IEO pone el foco de estudio bajo los 1.000 metros de profundidad

Un estudio del IEO-CSIC, basado en más de 20 años y más de dos millones de perfiles Argo, demuestra que la estratificación en capas profundas varía de forma sistemática y se acopla a grandes patrones climáticos como El Niño–La Niña. El hallazgo obliga a afinar los modelos climáticos… y a replantear cómo entendemos el “motor” del océano que sostiene la productividad marina.


Durante décadas ha dominado una idea intuitiva: cuanto más abajo, más estable; cuanto más profundo, más lento. El trabajo liderado por la investigadora Raquel Somavilla (IEO-CSIC), publicado en AGU Advances, desafía esa visión con una conclusión directa: la estratificación del océano profundo no es estática y muestra una variabilidad coherente a escala global.

La “estratificación” es, en esencia, la forma en que el océano se organiza en capas según temperatura y salinidad. Esa arquitectura invisible actúa como una compuerta: facilita o frena la mezcla vertical y, con ella, el transporte de propiedades entre superficie y profundidad.

Argo: el termómetro global que permite mirar hacia abajo

El estudio se apoya en la red internacional Argo, un sistema de flotadores perfiladores que recorre el océano midiendo temperatura y salinidad de manera sistemática y comparable en todo el planeta. Es una de las columnas vertebrales de la observación oceánica moderna y, en términos de cobertura, ha cambiado las reglas del juego: sin Argo, el “océano interior” seguiría siendo un territorio con enormes vacíos de datos.

Con ese músculo observacional, el equipo del IEO-CSIC analizó más de 20 años de registros y más de dos millones de perfiles, desde la superficie hasta profundidades superiores a 1.000 metros, para evaluar cómo evoluciona la estratificación tanto en la capa superior como en el interior oceánico.

El Niño–La Niña también “se escucha” en profundidad

Uno de los mensajes más relevantes del trabajo es el vínculo con los grandes patrones de variabilidad climática. El análisis identifica cambios profundos ligados a señales como El Niño y La Niña, lo que sugiere que las oscilaciones que asociamos a la atmósfera y al océano superficial tienen también una “firma” que se proyecta hacia el interior.

Dicho de forma sencilla: el océano profundo participa en la variabilidad climática; no se limita a recibir cambios con retraso, como si fuera un bloque inerte.

El océano es el gran regulador térmico del sistema climático. Según el IPCC, ha absorbido más del 90% del exceso de calor del sistema climático (y evaluaciones previas apuntan en torno al 93%).
Si el “reparto en vertical” —la estratificación— cambia, también puede cambiar:

  • La ventilación de oxígeno hacia capas más profundas.
  • La redistribución de nutrientes que alimentan la productividad y, en cascada, las cadenas tróficas.
  • La capacidad de almacenamiento de carbono y la dinámica del “sumidero” oceánico.
  • La intensidad y persistencia de anomalías térmicas que terminan afectando a hábitats y recursos.

El propio IEO-CSIC subraya el valor del estudio como referencia observacional para evaluar si los modelos climáticos representan de forma realista la estructura vertical del océano, un punto crítico para mejorar proyecciones.

Lectura para la economía azul: del clima a las pesquerías

Para el sector pesquero y la economía azul, la noticia no es solo “climática”. Si la estratificación profunda es más dinámica de lo asumido, se refuerza la necesidad de mirar el océano como un sistema tridimensional:

  • Riesgo y planificación: la variabilidad en profundidad puede modular condiciones de hábitat (oxígeno, disponibilidad de presas, estabilidad de masas de agua) y, a medio plazo, influir en distribución y reclutamiento de especies.
  • Gestión basada en ecosistemas: incorporar señales oceánicas (no solo superficiales) en el análisis puede mejorar la anticipación de cambios en productividad y en el funcionamiento de los ecosistemas.
  • Observación como infraestructura: Argo y sus evoluciones (incluida la instrumentación biogeoquímica) ganan peso como “puertos de datos” imprescindibles para políticas públicas, ciencia aplicada y resiliencia del sector.

El mensaje final del trabajo del IEO-CSIC es contundente: para anticipar el futuro del clima —y sus impactos marinos— ya no basta con mirar la piel del océano. Hay que seguir el pulso también en las capas donde se decide, silenciosamente, gran parte del equilibrio del planeta.

Claves

  • No solo cambia la superficie: la estructura vertical del océano más allá de 1.000 m también responde a la variabilidad climática.
  • Evidencia observacional masiva: el análisis usa >2 millones de perfiles de temperatura y salinidad de la red Argo a escala global.
  • Impacto en el “almacén” del planeta: la estratificación regula el intercambio de calor, carbono, oxígeno y nutrientes entre capas; si cambia, cambian también los flujos que condicionan ecosistemas y pesquerías.
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