La organización de armadores irlandeses denuncia un “doble rasero” en el control y pide a Bruselas y a la EFCA más inspecciones, transparencia y equilibrio en el reparto del bacaladilla (blue whiting).
La campaña del bacaladilla/kolmule (blue whiting) —uno de los grandes motores del pelágico en el Atlántico nororiental— ha vuelto a colocar a Irlanda en el epicentro de una disputa que mezcla ciencia, reparto político de oportunidades y percepción de “competencia desleal” en el mar. La Killybegs Fishermen’s Organisation (KFO), con base en el principal puerto pesquero del noroeste irlandés, ha lanzado una advertencia pública: mientras la flota pelágica irlandesa se asoma a un amarre forzoso “por falta de cuota”, decenas de arrastreros noruegos faenan a pocas millas de su costa con volúmenes que, según la organización, superan incluso el cupo anual asignado a Irlanda.
La chispa de la polémica es una cifra: “más de 40.000 toneladas” desembarcadas “la semana pasada” por 36 arrastreros pelágicos noruegos frente a la costa oeste de Irlanda, según el mensaje difundido por KFO (replicado por medios sectoriales). En el mismo texto, la organización añade un elemento aún más sensible: la presencia de nueve arrastreros congeladores rusos operando “sin monitorización ni control” y con “cero visibilidad” sobre lo que capturan. El remate es una pregunta retórica que resume el estado de ánimo del sector: “¿Un terreno de juego equilibrado?”
El dato clave: la cuota irlandesa de bacaladilla en 2026 baja a 30.188 toneladas
Más allá del debate sobre capturas semanales, la fotografía estructural de 2026 es clara: Irlanda dispondría de 30.188 toneladas de bacaladilla, frente a 51.263 t en 2025, en un recorte del 41%. La cifra aparece en el cuadro de cuotas irlandesas para 2026 difundido por The Skipper (tabla final 2026).
Ese recorte no es un hecho aislado. El propio marco europeo reconoce que, para 2026, la cuota de la UE de bacaladilla se fija conforme al TAC respaldado en las consultas entre Estados costeros, en un contexto de negociación compleja para varios pelágicos del Atlántico norte.
Un stock “compartido” y muy migratorio: el caladero empieza (otra vez) al oeste de Irlanda
La bacaladilla es un pelágico de enorme distribución en el Atlántico nororiental, con altas concentraciones durante el desove a lo largo del borde de la plataforma continental al oeste de las Islas Británicas, precisamente en el entorno del Porcupine Bank y Rockall, y con un pico reproductor habitual entre marzo y abril.
Esa geografía explica por qué, cada invierno, la mirada del sector se dirige a la fachada atlántica irlandesa. Y también por qué la economía de Killybegs vive una paradoja recurrente: parte del pescado que entra en sus muelles puede llegar a hacerlo en barcos extranjeros, con un impacto evidente en las plantas —harina/aceite, congelado o consumo— pero con un debate abierto sobre el retorno real para la flota local.
De hecho, la propia Sildelaget (organización noruega de ventas y seguimiento de pesquerías) describía la primera semana de febrero como un arranque “lento” pero significativo: 9.800 toneladas capturadas por su flota “la semana pasada”, con 6.900 t en el borde norte de Porcupine Bank “en zona UE” y vendidas para consumo a compradores en Killybegs, además de 2.900 t “justo fuera del límite de 200 millas al oeste de Irlanda” en aguas internacionales.
El tablero político: un TAC para 2026… y el viejo conflicto del reparto
En octubre de 2025, Noruega, UE, Islas Feroe, Islandia y Reino Unido (con Groenlandia como observador) acordaron que las capturas totales de bacaladilla en 2026 no superen las 851.344 toneladas, en línea con el asesoramiento científico.
Pero el consenso sobre “cuánto se puede pescar” no elimina la disputa sobre “quién pesca cuánto”. En ese mismo acuerdo se refleja, como referencia, el reparto “provisional” manejado en años recientes, con una cuota noruega de 354.320 t y una cuota UE de 485.210 t (2025 provisional), entre otros participantes.
Para el sector irlandés, el resultado práctico es doble: menos cuota propia y más presión competitiva en un caladero próximo, con la sensación de que el músculo de inspección y control no crece al mismo ritmo que la intensidad de la pesquería.
¿“Sin control”? Qué dice el marco de vigilancia en el Atlántico nordeste
La afirmación de KFO sobre “cero monitorización” de los arrastreros rusos es, en sí misma, una acusación muy seria. En términos de arquitectura normativa, el Atlántico nordeste cuenta con un andamiaje de monitorización, control y vigilancia (MCS) en torno a la NEAFC (North-East Atlantic Fisheries Commission), cuya Scheme of Control and Enforcement prevé obligaciones y mecanismos de seguimiento, inspección en el mar y medidas de Estado rector del puerto.
En aguas de la UE, además, la EFCA coordina programas específicos de control e inspección (Western Waters), con despliegues conjuntos y cooperación con autoridades nacionales.
Dicho eso, la queja de KFO apunta menos a la existencia “formal” de reglas y más a la efectividad real, la capacidad de inspección y la transparencia operativa: quién comparte qué datos, con qué rapidez, y cuántos medios hay para verificar capturas y artes en una pesquería que se mueve rápido, lejos de costa y con múltiples banderas.
El factor acceso: acuerdos UE–Noruega y puertos irlandeses como puntos críticos
Otro matiz clave es que parte de la actividad noruega puede darse bajo acuerdos de acceso y control con la UE. El Agreed Record UE–Noruega incorpora disposiciones de control para la actividad pesquera y prevé coordinación en materia de seguimiento y cumplimiento, incluyendo notificaciones y mecanismos de verificación vinculados a operaciones en zonas de la UE.
En la práctica, los puertos irlandeses (y en particular Killybegs) se convierten en nodos donde confluyen tres intereses: el negocio industrial del pelágico, el abastecimiento a plantas y logística, y la demanda del sector local de que el sistema garantice igualdad de obligaciones y de inspección.
Lo que pide KFO (y lo que está en juego)
El mensaje de KFO no es solo una denuncia; es una llamada política a Comisión Europea y EFCA para reforzar control y “level playing field” en un momento en que la flota irlandesa se siente contra las cuerdas por los recortes.
Detrás de la consigna hay un riesgo de fondo: que la bacaladilla —pilar de la rentabilidad pelágica y de cadenas industriales asociadas— se convierta en otro ejemplo de tensión crónica por cuotas en el Atlántico norte, con un coste directo en empleo, actividad portuaria y cohesión social de comunidades pesqueras.
La paradoja final la resume el propio parte noruego de campaña: Killybegs compra bacaladilla noruega en plena temporada. Para Irlanda, el desafío es que ese flujo económico no se traduzca en una “prosperidad sin flota”, donde el puerto trabaja, pero los barcos locales se quedan sin margen para trabajar también.
