El Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) ha sido reconocido por un trabajo de investigación que pone cifras a una realidad cada vez más visible en los puertos del Mediterráneo: el cambio climático ya no es solo un fenómeno ambiental, sino también un factor que altera la rentabilidad, la planificación y la viabilidad de buena parte del sector pesquero.
El estudio, elaborado por personal investigador del centro del CSIC especializado en oceanografía, ecología marina y economía de los recursos, analiza cómo el aumento de la temperatura del agua, la mayor frecuencia de episodios extremos y los cambios en la productividad del mar se traducen en consecuencias directas para las flotas. En otras palabras: lo que ocurre en el mar termina reflejándose en la cuenta de resultados.
Del termómetro del mar al bolsillo del pescador
El Mediterráneo se está transformando a un ritmo acelerado. A medida que el agua se calienta y las condiciones oceanográficas cambian, algunas especies modifican su distribución, otras reducen su abundancia local y en ciertos casos aparecen capturas “nuevas” o más frecuentes. Este reordenamiento ecológico, lejos de ser una anécdota biológica, tiene implicaciones operativas: variación en las capturas, más incertidumbre y mayor presión sobre los costes.
El trabajo premiado del ICM-CSIC aborda precisamente esa conexión: cómo la alteración de los ecosistemas afecta al rendimiento de las pesquerías y cómo esa inestabilidad repercute en ingresos, costes de salida a faenar, consumo de combustible, tiempos de búsqueda o necesidad de adaptar artes y estrategias.
Un sector estratégico, vulnerable y con margen de adaptación
La pesca en el Mediterráneo, especialmente la de pequeña y mediana escala, depende de equilibrios delicados: disponibilidad de recurso, precios, combustible, normativas y meteorología. En ese contexto, el cambio climático actúa como un multiplicador de riesgos. Menos previsibilidad implica decisiones más difíciles: cuándo salir, a qué caladero ir, qué especie priorizar o si una jornada compensa económicamente.
Aun así, el enfoque del ICM-CSIC no se queda en el diagnóstico. El estudio pone el foco en la necesidad de anticipación y políticas de adaptación con base científica: sistemas de seguimiento ambiental más finos, modelos que integren datos ecológicos y económicos, y medidas de gestión que contemplen la nueva realidad del mar.
Entre las líneas que suelen considerarse clave en trabajos de este tipo destacan:
- Mejorar la información en tiempo real (temperatura, productividad, presencia de especies).
- Flexibilizar la gestión cuando cambian los patrones de distribución o abundancia, sin perder sostenibilidad.
- Diversificar (especies objetivo, comercialización, valor añadido) para reducir la dependencia de un único recurso.
- Reforzar la resiliencia económica de las flotas con instrumentos que amortigüen episodios extremos y temporadas malas.
Ciencia aplicada para decisiones públicas y empresariales
Una de las aportaciones más valiosas de esta investigación —y una razón habitual por la que este tipo de trabajos reciben premios— es su capacidad para traducir indicadores ambientales a variables comprensibles para el sector y para quienes diseñan políticas públicas. Cuando el debate se formula en términos de euros, empleo y continuidad de actividad, la evidencia científica gana potencia como herramienta para decidir inversiones, normativas y prioridades.
Con este reconocimiento, el ICM-CSIC refuerza su papel como referente en investigación marina aplicada, en un momento en el que la economía azul europea exige respuestas concretas ante escenarios cada vez más cambiantes.
