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Groenlandia, en el centro del tablero ártico por la batalla por las rutas y los caladeros de pesca

La tensión geopolítica se cuela en el Arctic Frontiers de Tromsø y empuja a reforzar seguridad, vigilancia marítima y control de recursos, mientras el deshielo reordena el mapa de la pesca y del transporte

En el Ártico ya no se habla solo de hielo, clima y ciencia. También de poder. En Tromsø (norte de Noruega), el congreso Arctic Frontiers se ha convertido en escaparate de una nueva disputa global en la que Groenlandia —por posición, recursos y significado estratégico— aparece como pieza central. La escena la resume bien la propia política groenlandesa Aaja Chemnitz: “Groenlandia no está en venta”, un mantra repetido estos días ante el aumento de la presión internacional y la sensación de que el debate real queda sepultado por el ruido de las grandes potencias.

El giro es doble: simbólico y práctico. Simbólico, porque el discurso público se ha desplazado del relato ambiental a uno de seguridad y soberanía. Práctico, porque, según Chemnitz, el nuevo orden obliga a gastar “más en defensa que en diplomacia”, una frase que ilustra el cambio de prioridades en un territorio que siempre ha vivido pegado al mar y cuya economía depende del acceso, el control y la protección de sus aguas.

La cuerda se tensa también dentro del propio paraguas atlántico. Reuters informa de que la OTAN ha empezado a planificar una misión de vigilancia y presencia (“Arctic Sentry”) en plena controversia por Groenlandia, un movimiento que eleva el listón político y anticipa más actividad naval y aérea en el Norte. En paralelo, la ministra groenlandesa de Exteriores, Vivian Motzfeldt, se mostró “esperanzada” con encontrar un terreno común con Washington, pero insistiendo en que deben respetarse “líneas rojas” de Groenlandia.

Ese clima tiene consecuencias directas sobre el mundo marítimo. El Ártico es, ante todo, mar: rutas, puertos, patrullas, rescate y control de la actividad. Y en esa conversación se cuela la gran promesa —y gran riesgo— del deshielo: la Ruta Marítima del Norte. Sin embargo, las grandes navieras de contenedores ponen freno. El CEO de MSC, Søren Toft, ha sido tajante: la mayor compañía del mundo no usará esa vía por razones de seguridad y de impacto ambiental, un “no” que enfría la idea de un atajo ártico como autopista global del ‘container’.

Aun así, el tráfico “de prueba” y los movimientos geopolíticos siguen. Reuters ya contó el lanzamiento de una ruta China-Europa por el Ártico con el buque Istanbul Bridge y el argumento de recortar tiempos, en un contexto en el que algunos actores —más pequeños o más dispuestos a asumir riesgo— sí tantean el corredor ártico.

En paralelo, el mar del Norte europeo vive episodios que inquietan a los reguladores y a la seguridad marítima. High North News ha seguido el caso de un metanero ruso sancionado que, tras cargar LNG en el Báltico, viró hacia el norte navegando junto a la costa noruega rumbo a Murmansk, un tipo de itinerario que alimenta dudas sobre la “flota en la sombra”, la vigilancia de sanciones y el riesgo de incidentes en aguas sensibles.

La pesca tampoco queda al margen: el calentamiento ya está reescribiendo el menú del Alto Norte. En Svalbard, investigaciones recientes exploran el potencial de nuevas oportunidades ligadas al cangrejo (nival y real) como producto local y atractivo turístico, a la vez que el debate sobre el ecosistema se vuelve más complejo: incluso los osos polares muestran mejor condición corporal que hace 25 años pese al retroceso del hielo, un dato que los científicos interpretan con cautela y que refleja la rápida transformación del sistema marino.

En Groenlandia, donde muchas comunidades costeras viven de la pesca y de la caza y dependen del abastecimiento por mar, la inestabilidad política se mezcla con retos sociales. High North News alerta de que los altísimos precios de las drogas están atrayendo a redes criminales danesas hacia la isla, un factor que añade presión sobre la seguridad local y sobre entornos portuarios donde confluyen logística, economía y vulnerabilidad.

En el fondo, lo que hoy se disputa es quién define las reglas de la próxima “frontera azul”: qué rutas se abren, quién vigila, cómo se protege el medio marino y cómo se reparten —o se preservan— los recursos. Groenlandia, repetida en paneles y pasillos de Tromsø, aparece como un recordatorio incómodo: el Ártico ya no es un margen del mapa, sino un punto de fricción que se proyecta sobre la navegación, la energía, la pesca y la propia gobernanza del océano.

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