Un estudio de Oceana con análisis de ADN detecta que el 77% de los platos de pescado y calamar muestreados en restaurantes estaban mal etiquetados o sin información clave, incluso en comedores de la Comisión y el Parlamento Europeo.
Diez años después de su primera gran investigación sobre el etiquetado engañoso de marisco y pescado en la capital comunitaria, Oceana vuelve a poner a Bruselas frente al espejo. La organización ha analizado con métodos de ADN platos de pescado y calamar servidos en restaurantes —incluidos los comedores de la Comisión Europea y del Parlamento Europeo— y concluye que la información que recibe el consumidor sigue siendo, con demasiada frecuencia, insuficiente, imprecisa o directamente falsa.
En 2015, en colaboración con la Universidad de Lovaina, Oceana muestreó 280 platos en restaurantes de Bruselas y halló un 30% de muestras mal etiquetadas. El caso más llamativo fue el del atún rojo: el 95% de las veces en que se ofrecía bluefin tuna (Thunnus thynnus), el ADN revelaba especies más comunes y baratas como el atún aleta amarilla (Thunnus albacares) o el patudo (Thunnus obesus).
Una década más tarde, dentro de un estudio de mayor alcance junto a la Universidad de Pisa, Oceana recogió 30 platos de pescado en 26 restaurantes de Bruselas, incluyendo de nuevo los comedores de las instituciones europeas. El resultado, según el informe, es “impactante”: la tasa total de mal etiquetado alcanza el 77%, un porcentaje que la organización atribuye, sobre todo, a la persistencia del problema con el atún.
El atún, epicentro del engaño: “atún rojo” como respuesta automática
El patrón se repite con una precisión casi mecánica: el 88% de las muestras de atún estaban mal etiquetadas. El informe describe un fenómeno revelador en sala: cuando el menú no especifica la especie de atún y el personal es preguntado, suele recurrir al nombre más conocido y “prestigioso” para el cliente: atún rojo.
Pero el ADN cuenta otra historia. De lo que el consumidor cree pedir como bluefin tuna, solo una fracción mínima coincide:
- 9% resultó ser realmente atún rojo (Thunnus thynnus).
- 68% fue atún aleta amarilla (Thunnus albacares).
- 14% fue patudo (Thunnus obesus).
- Y también aparecieron sustituciones por salmón atlántico (Salmo salar) y pez espada (Xiphias gladius), ambos con un 5%.
El informe añade un detalle económico que ayuda a entender el incentivo: los platos “vendidos” como atún rojo pero que no lo eran costaron de media unos 15 euros, mientras que los pocos platos que sí eran auténtico atún rojo rondaron los 28 euros. Precio de lujo, etiqueta de lujo… pero producto distinto.
También en las instituciones: merluza europea presentada como otras especies
Aunque el foco principal fue el atún, Oceana muestreó otras especies en los comedores del Parlamento y la Comisión. Allí, los menús mostraban etiquetas relativamente detalladas (nombre común y/o científico), pero aun así se detectaron fallos: dos de seis muestras estaban mal identificadas. En ambos casos, el ADN halló merluza europea (Merluccius merluccius), pero el plato se anunciaba como abadejo de Alaska (Theragra chalcogramma) y como blue grenadier (Macruronus novaezelandiae).
“Calamar” sin apellidos: opacidad total en 34 restaurantes
La segunda parte del estudio se centra en un clásico de la hostelería: el “calamar”. El informe recuerda algo básico que rara vez se traslada al consumidor: “calamar” no es una especie, sino un grupo con más de 300 especies, con biología, procedencias y estados de conservación muy diferentes. Y ahí, la falta de trazabilidad se vuelve especialmente sensible porque algunas cadenas de suministro globales se han asociado a pesca ilegal y a abusos de derechos humanos en determinados segmentos de flota.
Oceana muestreó platos de calamar en 34 restaurantes de Bruselas, incluidos los comedores de las instituciones. El dato más contundente es casi periodístico por sí solo: ni un solo establecimiento fue capaz de decir qué especie de calamar estaba cocinando y sirviendo.
El ADN, en cambio, sí tuvo respuesta. En la mayoría de casos en forma de anillas rebozadas, el 55% correspondía a calamar gigante de Humboldt (Dosidicus gigas), una especie cuya presencia mayoritaria y sin etiquetar el informe considera “especialmente preocupante” por los riesgos que se han documentado en algunas pesquerías relacionadas.
El resto se repartió entre especies como:
- Calamar argentino (Illex argentinus) (10%)
- Calamar europeo (Loligo vulgaris) (10%)
- Purpleback flying squid (Sthenoteuthis oualaniensis) (6%)
- Indian squid (Uroteuthis duvaucelii) (6%)
- Swordtip squid (Uroteuthis edulis) (6%)
- Otras especies con porcentajes menores (3%).
La grieta legal: los restaurantes “se caen” del etiquetado
La conclusión del informe es dura: la situación no parece haber mejorado. Productos como el “atún rojo” se “maletiquetan” casi de forma sistemática; otros como “calamar” se ofrecen sin información esencial de especie u origen.
Oceana apunta a un problema estructural: la normativa europea de información al consumidor y etiquetado de productos pesqueros no obliga a los restaurantes a proporcionar datos sobre la especie ni su procedencia. Esa laguna, sostiene, se traduce en menús ambiguos, respuestas erróneas del personal y un mercado donde el consumidor compra a ciegas.
El informe recuerda además la dimensión del canal horeca: restaurantes, cafeterías y hoteles concentran alrededor del 30% del marisco y pescado consumido en la UE, pero los mecanismos de transparencia en ese ámbito “son inexistentes” o insuficientes. La consecuencia, en cascada, es doble: el consumidor no puede elegir con criterio (por sostenibilidad, salud, alergias, ética o precio), y productos de origen dudoso pueden colarse en el mercado, chocando con la “tolerancia cero” europea frente a la pesca ilegal y con los esfuerzos por reducir riesgos en derechos humanos en las cadenas de suministro.
La receta que propone Oceana es clara: extender las obligaciones de etiquetado y transparencia —especie y origen, como mínimo— al sector de la restauración y el catering. Sin esa reforma, advierte el informe, Bruselas seguirá sirviendo en sus mesas una paradoja incómoda: más control sobre el papel, pero demasiada oscuridad en el plato.
