El contrato, firmado hace ocho años, contemplaba la adquisición de un submarino de tipo S26T, diseñado por China, cuya quilla fue colocada en septiembre de 2019. Sin embargo, poco después, la obra quedó interrumpida debido a que Pekín no logró obtener los motores diésel alemanes originalmente previstos. La negativa alemana, ligada a restricciones de exportación, llevó a los constructores chinos a proponer sus propios motores, pero Bangkok mostró durante años serias reservas sobre su fiabilidad.
El punto muerto se prolongó hasta el pasado 5 de agosto, cuando las autoridades tailandesas aprobaron una enmienda al contrato que permite dotar al submarino de motores diésel fabricados en China. Este visto bueno supone un espaldarazo a la cooperación militar con Pekín y, al mismo tiempo, un giro estratégico en la modernización de la marina tailandesa, que busca reforzar su capacidad submarina en un contexto de creciente competencia naval en el sudeste asiático.
La decisión, no exenta de debate interno, refleja la voluntad de Bangkok de no perder la inversión inicial y de evitar un largo litigio contractual. Aunque algunos analistas advierten de riesgos técnicos, el gobierno defiende que el acuerdo garantiza la entrega del submarino en los próximos años y afianza la relación bilateral con China en materia de defensa.
De este modo, el proyecto, considerado emblemático dentro del programa de modernización naval tailandés, vuelve a ponerse en marcha tras seis años de bloqueo y bajo una nueva fórmula que evidencia tanto las limitaciones de la industria armamentística global como el peso de la geopolítica en el suministro de equipos estratégicos.
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