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Mientras el relato mediático insiste en el colapso, el último balance científico y de gestión del Pacífico occidental y central dibuja un panorama más complejo: capturas récord, poblaciones objetivo en buen estado… y una agenda de riesgos donde el cambio climático, el FAD-bycatch y los huecos de observación siguen mandando.
En el debate público sobre el atún en el Pacífico se repite una escena conocida: titulares sobre “agotamiento”, acusaciones cruzadas —China, Estados Unidos, Japón, Corea, la UE… elija su antagonista geopolítico—, denuncias de “opacidad” en las organizaciones regionales y la idea de que solo un sello eco puede decirnos si el pescado es sostenible. Pero cuando uno baja del ruido a los números —y a los informes que alimentan las decisiones de la WCPFC (Western and Central Pacific Fisheries Commission)— aparece otra película: los principales stocks objetivo siguen saludables, la gestión ha avanzado en herramientas más robustas y, sí, persisten problemas reales que exigen cirugía fina, no eslóganes.
El punto de partida es el informe 2024 elaborado por el proveedor científico clave de la región, la Pacific Community (SPC), un documento pensado para sostener discusiones informadas en torno a la mayor pesquería atunera del planeta. En paralelo, la propia WCPFC ha actualizado (27 de enero de 2026) su resumen público de sostenibilidad, que coincide en lo esencial: 2024 fue un año de récord en capturas y no hay señales de sobrepesca en los cuatro grandes objetivos (listado, rabil, patudo y albacora del Pacífico Sur).
La captura total de atún en el Área de la Convención de la WCPFC en 2024 alcanzó 3,059 millones de toneladas, el mayor registro histórico en la zona. Ese volumen equivale a más de la mitad del atún mundial (56%) y a una fracción abrumadora del atún del Pacífico.
Este dato, por sí solo, no “demuestra sostenibilidad”; lo que hace es obligar a mirar con más cuidado: si el sistema estuviera colapsando, el primer síntoma no suele ser un récord sostenido de producción, sino la pérdida de rendimiento, la caída de biomasa reproductora y el aumento de mortalidad por pesca por encima de los niveles de referencia.
¿Entonces “todo perfecto”? No. El propio enfoque científico insiste en dos “peros” que cambian la conversación:
En el caso del rabil, por ejemplo, distintas evaluaciones y revisiones de medidas tropicales apuntan a que la mortalidad por pesca debe mantenerse contenida y, si es posible, reducirse en componentes que impactan en juveniles para mejorar el rendimiento a largo plazo.
Un error frecuente en el debate público es medir la presión solo por “número de buques”. En el Pacífico, la historia reciente lo ilustra bien:
La clave, por tanto, no es solo “quién pesca”, sino cómo y dónde.
Uno de los cambios más importantes —y menos “titularizables”— es el paso desde negociaciones anuales ad hoc hacia estrategias de captura: reglas predefinidas que ajustan el control de la pesquería según indicadores, con objetivos y límites claros.
En la WCPFC, el progreso es desigual: listado va por delante con procedimientos ya adoptados, mientras patudo y albacora siguen en fase de desarrollo de procedimientos y puntos de referencia objetivo (TRP).
Este enfoque no elimina el conflicto político (distribución de cuotas, acceso, equidad), pero reduce el margen para improvisación y “regate corto” cuando cambian las condiciones.
Si hay un capítulo donde el informe pide lectura lenta es el ecosistémico: la sostenibilidad no es solo biomasa de atún. Y aquí la región ha avanzado, aunque con tareas pendientes:
Aquí se juega buena parte de la “licencia social” del atún del Pacífico: no basta con que el stock objetivo esté bien si el sistema genera impactos colaterales evitables o mal cuantificados.
En el debate aparece a menudo la idea de que “sin eco-etiqueta no hay sostenibilidad”. Es un atajo: las etiquetas pueden ayudar al mercado y mejorar prácticas, pero la sostenibilidad biológica y ecosistémica la define la gobernanza pesquera y el cumplimiento, con datos verificables, monitoreo y medidas ajustadas.
De hecho, buena parte del diagnóstico robusto en la región proviene de una arquitectura técnica pesada: observadores, VMS, cuadernos, modelos, evaluaciones y programas de marcaje coordinados con SPC.
Un apartado que rara vez llega al gran público, pero es central para entender por qué los científicos hablan con confianza razonable, es el marcaje.
El informe 2024 recoge que desde 2006 se han marcado y liberado 497.051 atunes, con 69.667 recapturas reportadas, alimentando modelos que estiman abundancia, explotación y movimientos entre ZEE y alta mar.
En una región donde el pez cruza fronteras como si no existieran, esa información es oro: permite separar “cambio de distribución” de “cambio de abundancia” y entender cómo responde cada especie a clima y pesca.
Si hoy el atún del WCPO “va bien”, el gran interrogante es si seguirá yendo bien con un océano más cálido y más variable.
Dos puntos son especialmente relevantes:
Esto no es un matiz: en el Pacífico, donde los Estados costeros concentran gran parte de la captura y los acuerdos de acceso sostienen economías insulares, un corrimiento espacial de biomasa puede traducirse en cambios de ingresos, renegociaciones y tensiones de equidad.
Porque es un relato fácil, exportable y políticamente útil. Pero el caso del WCPO demuestra que el periodismo —y el debate público— necesita distinguir entre:
Decir “todo está bien” sería tan engañoso como decir “todo se hunde”. Lo honesto, y útil, es esto: la región ha evitado el guion del desastre en los principales atunes… pero el precio de seguir evitándolo será mejorar la selectividad, cerrar brechas de observación —sobre todo en palangre— y diseñar reglas adaptativas para un océano que ya no es el de ayer.
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