La relación entre la Unión Europea y el Magreb volvió al primer plano en la Asamblea Parlamentaria Conjunta UE–Argelia celebrada en Bruselas. Allí, el eurodiputado italiano Marco Falcone, vicepresidente de la delegación de Forza Italia en el Parlamento Europeo, lanzó una propuesta con un marcado acento económico y geopolítico: reforzar el papel de la Banca Europea de Inversiones (BEI) como vehículo de apoyo financiero a proyectos en el Norte de África, con especial atención al ámbito marítimo y a la denominada blue economy.
“Para abrir un nuevo curso en las relaciones con Argelia y con todo el Magreb, Europa debe asumir un papel activo en el desarrollo y estabilización de los países ribereños del Mediterráneo. Los inversiones significan crecimiento e innovación, y la innovación es un factor decisivo de estabilidad social. No hablamos solo de economía, sino de un interés histórico y geopolítico para la Unión”, señaló Falcone durante su intervención.
La Banca Europea de Inversiones, brazo financiero de la UE, ha sido en los últimos años un actor clave en proyectos de sostenibilidad, infraestructuras y transición energética. Su implicación en el Mediterráneo ya se ha dejado sentir en programas de protección ambiental y de modernización de instalaciones portuarias. La propuesta de Falcone plantea ahora redirigir parte de esos instrumentos hacia proyectos en países como Argelia, Túnez o Marruecos, en los que los empresarios europeos buscan establecerse o estrechar alianzas.
Forza Italia y el Grupo Popular Europeo anunciaron que trabajarán para desbloquear recursos y facilitar esta estrategia, en un contexto en el que la UE necesita reforzar la cooperación con sus vecinos del sur frente a la presión migratoria, la competencia global en los recursos marinos y la necesidad de seguridad alimentaria.
La iniciativa adquiere una dimensión particular al analizarla desde la óptica del sector pesquero mediterráneo. La estabilidad política y económica en el Magreb puede reducir riesgos en las rutas de transporte del pescado y en el suministro de productos del mar hacia Europa. Además, la financiación de proyectos portuarios y logísticos abriría la puerta a nuevas plantas de transformación, refrigeración y transporte compartidas entre Europa y Argelia, generando valor añadido en ambos lados del Mediterráneo.
Las mejoras ambientales, como la depuración de aguas costeras o la protección de zonas de pesca, también se traducirían en una mayor calidad biológica de los caladeros. De esta forma, el respaldo financiero de la BEI podría convertirse en un motor no solo económico, sino también de sostenibilidad para la pesca mediterránea.
Sin embargo, los beneficios potenciales solo se materializarán si los proyectos cuentan con gobernanza clara, plazos definidos y mecanismos de transparencia. El propio Falcone advirtió que “no bastan las declaraciones, hacen falta iniciativas concretas, con criterios claros y una gestión eficaz para evitar bloqueos burocráticos”.
En este sentido, la propuesta se concibe como un punto de partida para una agenda mediterránea renovada, que sitúe a la economía azul en el centro de las relaciones entre Bruselas y Argel. El sector pesquero europeo, que observa con atención estos debates, ve en esta vía una oportunidad para reforzar la competitividad y estabilidad de la cadena de valor, desde el mar hasta el consumidor.
La propuesta de Falcone abre una ventana de oportunidad para que la UE utilice a la BEI como herramienta de cooperación estratégica en el Magreb. En un momento en que la pesca mediterránea enfrenta retos de sostenibilidad, competitividad y seguridad alimentaria, convertir a la economía azul en eje de las relaciones con Argelia puede marcar la diferencia entre un Mediterráneo fragmentado o un espacio compartido de desarrollo y estabilidad.
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