Los Aguilar cartografían la caza de ballenas en el norte y reabren su memoria.
Sobre el azul furioso del Cantábrico se eleva un chorro blanco. Dura un segundo, apenas el tiempo necesario para que un atalayero lo vea y active la vieja coreografía de la costa: humo en lo alto, campanas que repican “a ballena”, chalupas que se empujan mar adentro. Durante siglos, ese soplo fue la señal de salida de una industria completa, una economía de litoral que unía técnica, riesgo y recompensa. Hoy, en cambio, aquel sonido se ha transformado en otra cosa: páginas, fotografías, coordenadas y ruinas.
Ese es el territorio que explora La huella ballenera en el norte de la península ibérica, el libro firmado por el biólogo y experto en cetáceos Àlex Aguilar y el fotógrafo Max Aguilar. No se trata de una epopeya marinera ni de una pieza nostálgica: es, sobre todo, un inventario con pulso de reportaje. Un atlas que propone mirar el paisaje como quien lee un archivo: buscar lo que queda —y entender lo que significó— de una actividad que marcó durante casi mil años el Cantábrico y el Atlántico norte.
El método es sencillo y exigente: caminar y documentar. Los autores señalan atalayas derruidas en cabos que aún conservan su lógica de vigilancia; “casas de ballenas” donde se rendía la grasa en hornos y calderas; rampas de izado; naves de despiece; factorías hoy deshabitadas que todavía parecen respirar metal y sal. Y al mismo tiempo ponen nombres a esa geografía: Balea, Caneliñas, Orio, Bueu, Vigo… lugares donde el litoral fue industria antes de ser paisaje.
La tesis de fondo incomoda porque desmonta un tópico. Existe la idea extendida de que los grandes países balleneros fueron los del norte de Europa y América. Aguilar, en cambio, sostiene que España tuvo uno de los registros históricos más largos y continuados de pesca de ballenas. No como anécdota, sino como sistema: con documentos desde el siglo XI y con una actividad organizada que se prolonga, con cambios de escala y tecnología, hasta 1985. En el libro, esa continuidad no se presenta como orgullo, sino como evidencia: una historia densa, poco contada y, en muchos tramos, dura.
En la base de esa primera ballenería está la ballena franca, la “buena” para cazar. Era costera, relativamente lenta y —detalle decisivo— flotaba tras morir, lo que hacía posible arrastrarla con medios rudimentarios desde lanchas pequeñas. Aquella ventaja biológica facilitó el nacimiento de un oficio… y también anticipó su tragedia. La ballena franca soportó siglos de presión y terminó desapareciendo de las costas europeas. La huella de ese vacío funciona hoy como una lección de economía extractiva: cuando un recurso parece inagotable, la tecnología y el mercado suelen ir por delante de los límites del ecosistema.
Los Aguilar cartografían la caza de ballenas en el norte y reabren su memoria.
El libro cuenta después el desplazamiento. Cuando las ballenas escasearon en el entorno, la pesca se internacionalizó. Los balleneros vascos ampliaron rutas hacia Noruega e Islandia, y más allá; más tarde llegarían holandeses y británicos; el siglo XIX vería el dominio estadounidense; y ya en el XX, la tecnología noruega impulsaría la caza moderna y, con ella, el regreso de la industria ballenera a la Península con nuevas especies objetivo, como cachalotes y rorcuales. La costa, de nuevo, se adaptó: arpones-cañón, vapor, cadenas de frío, despiece industrial. El animal dejó de ser solo captura para convertirse en materia prima.
Ahí entra uno de los núcleos emocionales del atlas: las factorías gallegas. Caneliñas, en la Costa da Morte, aparece como el último capítulo de una historia larga. El 21 de octubre de 1985 se despiezó allí la última ballena cazada en España: una hembra de rorcual común de 17,70 metros. Un año después comenzaba la moratoria comercial internacional que aún marca la era contemporánea. El ciclo industrial europeo se apagó y España cerró su página ballenera. Pero el libro recuerda que la memoria no se cierra: se transforma en ruina, patrimonio y debate público.
Las fotografías de Max Aguilar aportan una textura que no necesita adjetivos. El lector entra en naves donde se adivina la cadena de trabajo, ve rampas de izado, estructuras que resistieron temporales, hormigón y óxido frente al aluminio del mar. Balea, en Cangas do Morrazo, aparece como un esqueleto industrial que pide interpretación: no basta con conservarlo, hay que contar qué fue. La propuesta —implícita y explícita— es musealizar sin edulcorar. Convertir el rastro en conocimiento, sin ocultar el coste ecológico y moral de aquella industria.
Algunas piezas de esa memoria ya están protegidas y expuestas. El libro señala museos que han trabajado el tema y colecciones que convierten a la ballena en pregunta, no en trofeo. En Donostia, el Aquarium conserva un esqueleto emblemático que ayuda a dimensionar el animal y el impacto de su ausencia. La costa se presenta así como un mapa de puntos dispersos que necesitan un relato común: no solo local, también atlántico.
La crónica se abre, además, a curiosidades que iluminan la dimensión cultural del fenómeno: el pidgin vasco-islandés, nacido como lengua puente para comerciar y entenderse; episodios de conflicto y violencia en Islandia en el siglo XVII; la presencia de la ballena en la toponimia, en escudos y en símbolos. La caza de ballenas, sugiere el libro, fue también un motor temprano de globalización marítima: movía barcos, contratos, mercancías y personas.
Para EUROPA AZUL el interés es doble. Por un lado, patrimonio: cómo contamos la historia marítima sin convertirla en postal. Por otro, gobernanza: qué aprendemos de los ciclos extractivos cuando hoy hablamos de transición energética, economía circular, descarbonización portuaria o nuevas actividades oceánicas. La memoria ballenera no es solo marítima: es energética. La grasa iluminó ciudades y alimentó industrias; la cadena de valor fue real y poderosa; el límite ecológico también lo fue. Entender esa ecuación ayuda a no repetirla con otros “recursos” del mar.
La huella ballenera propone, en última instancia, un método: mirar el paisaje y leerlo. Encontrar una atalaya y entender su función. Ver una nave derruida y reconstruir su cadena de trabajo. Aceptar que el mar también tiene ruinas, aunque las olas parezcan borrarlo todo. Y escuchar, detrás del oleaje, el eco de aquellas campanas “a ballena”, no para celebrarlas, sino para decidir qué hacemos hoy con la herencia del mayor animal del mundo.
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