El colectivo que garantiza el control de capturas y la trazabilidad en puertos y lonjas denuncia que las mejoras pactadas tras la huelga de 2025 siguen sin materializarse. APIPES advierte de que podrían retomarse movilizaciones. El conflicto vuelve a inquietar a flotas y campañas sensibles como el atún.
La Inspección de Pesca Marítima no suele ocupar titulares hasta que se para. Sin embargo, su trabajo está en el corazón del modelo europeo de control: verificar capturas, supervisar pesajes, comprobar documentación y trazabilidad, y garantizar que las operaciones se ajustan a normativa. En sectores como el atún rojo —con controles y requisitos especialmente exigentes— la presencia del inspector no es un trámite: es una condición para que la actividad discurra con normalidad.
Por eso, cuando el colectivo se moviliza, el impacto se multiplica: armadores, cofradías, lonjas y exportadores viven el conflicto como un riesgo operativo directo. El precedente más claro fue la huelga indefinida iniciada el 3 de marzo de 2025, que llegó a amenazar el arranque de la campaña del atún rojo en Cádiz y tensó la cadena comercial.
Tras semanas de paros y negociaciones, CCOO desconvocó la huelga el 22 de mayo de 2025 al anunciar un acuerdo “histórico” con la Administración. Entre los puntos difundidos en ese momento figuraban mejoras retributivas (incluidas compensaciones por horarios especiales), recuperación de poder adquisitivo, compromisos sobre clasificación de puestos, promoción profesional y la jubilación anticipada como horizonte de negociación.
La desconvocatoria puso fin a un pulso largo (alrededor de 80 días) y permitió normalizar campañas y controles. Pero el pacto también dejó una condición implícita: que los compromisos bajaran del papel a la práctica administrativa.
Nueve meses después del acuerdo, el conflicto vuelve a escena. La Asociación Profesional de Inspectores de Pesca Marítima (APIPES) ha trasladado públicamente su malestar y su disposición a reactivar movilizaciones si el Gobierno no cumple lo pactado. En medios regionales se resume el núcleo del reproche: no se habría materializado la creación de una escala profesional propia, ni la mejora salarial prometida, ni determinados protocolos de seguridad y organización del trabajo.
La lectura del colectivo es que la Inspección mantiene una exigencia estructural —disponibilidad, desplazamientos, presión operativa y responsabilidad— que no queda reflejada en un esquema retributivo y de carrera acorde con el servicio que prestan. Esa sensación de “trabajo especial sin reconocimiento especial” fue, precisamente, el motor de la huelga de 2025.
Aunque cada fase de negociación matiza prioridades, el paquete de demandas se ha repetido con bastante consistencia en los últimos años:
En febrero de 2026, APIPES plantea un ultimátum: si no se activan las medidas comprometidas, se retomarán acciones. El sector mira el calendario con preocupación porque la experiencia demuestra que las tensiones laborales en inspección no se quedan en un conflicto interno: pueden trasladarse a descargas, primeras ventas, certificaciones y logística.
En paralelo, 2026 está siendo un año de fricción en el ámbito del control y la operativa diaria (con protestas del sector por la aplicación de exigencias de control, especialmente para flota artesanal). Esa presión sobre el “ecosistema del control” hace que cualquier conflicto en Inspección tenga todavía más eco.
Para la economía azul, el debate no es solo laboral. La Inspección es una pieza de confianza: sin control eficaz no hay trazabilidad, y sin trazabilidad se erosiona la reputación de las cadenas comerciales y de los productos. Al mismo tiempo, un sistema de control que dependa de “heroísmo” o de disponibilidad no remunerada es, a la larga, frágil.
De ahí que el pulso actual se interprete como un test de madurez institucional: o se estabiliza la función inspectora con reglas y recursos, o el conflicto volverá cíclicamente, justo en los momentos de mayor intensidad de campañas y exportación.
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