El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, ha rechazado la propuesta del presidente estadounidense Donald Trump de enviar un navío-hospital “al largo” de la isla. La negativa llega justo después de una evacuación médica real desde un submarino de EE. UU. realizada por medios daneses. En el Ártico, donde la logística es soberanía, un buque-hospital no es solo sanidad: es señal estratégica.
En el tablero del Ártico, la diplomacia se mide en millas náuticas. Groenlandia y Dinamarca han dicho “non merci” a Donald Trump tras su anuncio de que enviaría un buque-hospital estadounidense para atender a la población del territorio autónomo. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, respondió con un argumento institucional y, sobre todo, político: Groenlandia dispone de un sistema sanitario público y cualquier cooperación debe canalizarse por vías formales, no mediante anuncios en redes sociales.
La respuesta ha sido interpretada en Copenhague como un cierre de filas frente a una iniciativa que, por su forma y su timing, se percibe menos como asistencia humanitaria y más como gesto de influencia en un territorio que Washington considera clave para la seguridad.
La secuencia ayuda a entender la sensibilidad del episodio. Trump lanzó su propuesta horas después de conocerse que un miembro de la tripulación de un submarino estadounidense había requerido atención médica urgente en aguas próximas a Nuuk y que la evacuación se gestionó con apoyo danés, subrayando que los mecanismos de asistencia ya operan en la zona. Aunque no está claro si ambos hechos están directamente conectados, la coincidencia temporal disparó la polémica.
Los buques-hospital suelen asociarse a catástrofes, misiones humanitarias y diplomacia sanitaria. Pero en el Ártico —donde cada activo naval tiene lectura dual— también son plataformas de presencia:
No es casual que, según AP, el anuncio se hiciera sin detalles operativos claros, con dudas sobre la disponibilidad real de los grandes buques-hospital de la US Navy y con el Pentágono derivando preguntas a la Casa Blanca.
Aunque a primera vista parezca un episodio político-sanitario, el trasfondo afecta a temas muy “Europa Azul”:
La negativa groenlandesa no es un portazo a la cooperación con EE. UU., sino una declaración de método: respeto institucional y diálogo directo. En un territorio donde la identidad política y la autonomía se negocian con lupa, un buque-hospital anunciado desde Washington —y presentado como remedio a supuestas carencias— toca una fibra sensible.
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