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Europa pierde cargamentos de GNL ante la prima asiática en plena crisis de Oriente Medio

El desvío de metaneros inicialmente previstos para terminales europeos, incluidos buques vinculados a intereses europeos, refleja la nueva pugna global por el gas y eleva la presión sobre la seguridad energética del continente

La guerra en Oriente Medio ha abierto un nuevo frente para Europa: la competencia directa con Asia por cada cargamento flexible de gas natural licuado. En ese contexto, varios metaneros que debían descargar en el continente europeo, y en algunos casos en terminales francesas, han sido redirigidos hacia mercados asiáticos más rentables, atraídos por unos precios al alza y por la necesidad urgente de sustituir parte del suministro perdido del Golfo. La maniobra confirma que, en un mercado global cada vez más tensionado, el destino del GNL ya no lo marca tanto la geografía como el diferencial de precio.

El movimiento responde a una lógica comercial clara. Reuters informó el 6 de marzo de que al menos tres metaneros habían cambiado ya su ruta hacia Asia, incluidos buques con cargamentos procedentes de Estados Unidos y Nigeria, mientras compradores de India, Corea del Sur, Taiwán, Bangladesh o Tailandia buscaban suministro alternativo tras el frenazo del gas catarí. El incentivo económico es poderoso: los mayores precios en Asia y Europa compensan con creces el sobrecoste del trayecto más largo, especialmente cuando el arbitraje entre cuencas se ensancha y los cargamentos flexibles se convierten en una mercancía estratégica.

Esto lo tenemos en el ejemplo de Francia, el episodio tiene además un componente simbólico y operativo. Gazocean, compañía con base en Marsella, gestiona una flota de metaneros bajo pabellón francés, entre ellos el Elisa Ardea, incorporado en diciembre de 2024. Y en el caso de Bonny Gas Transport, operador de otro de los buques citados en la información sectorial, su matriz Nigeria LNG cuenta con TotalEnergies entre sus accionistas con un 15%. Más allá de la anécdota empresarial, el mensaje es de fondo: incluso los flujos ligados a operadores o intereses franceses pueden verse arrastrados por la presión del mercado asiático cuando el suministro mundial entra en fase de estrés.

El problema para Europa no es solo perder algún cargamento puntual, sino hacerlo en el peor momento. El continente necesita alrededor de 700 cargamentos de GNL, equivalentes a 67 bcm, para rellenar sus almacenamientos este verano, unos 180 más que el año pasado, según analistas citados por Reuters. Al mismo tiempo, las reservas europeas encaran el final del invierno claramente por debajo de la media, en torno al 22%-27% a finales de marzo, frente al 41% habitual de los últimos cinco años. Esa combinación convierte cada desvío hacia Asia en una señal de alarma para la seguridad de suministro del próximo invierno.

La raíz del problema está en el estrecho de Ormuz, uno de los grandes cuellos de botella energéticos del planeta. Aproximadamente una quinta parte del GNL mundial transita por esa vía, y más del 90% de las exportaciones de Qatar pasan por ella. Con la producción catarí interrumpida y el tráfico marítimo severamente afectado, Asia ha salido al mercado a reemplazar volúmenes perdidos, elevando la competencia con Europa. Aunque la UE solo obtuvo alrededor del 7% de su GNL desde Qatar en 2025, el verdadero impacto no está tanto en el volumen directo como en el efecto arrastre sobre todos los flujos globales: si Asia paga más, los metaneros cambian de rumbo.

A esa tensión se suma otro factor crítico: el coste del transporte. QatarEnergy ha puesto en alquiler diez metaneros situados fuera de Ormuz y ha advertido de que volver a una operativa normal podría llevar “semanas o meses”, mientras las tarifas de flete han escalado a máximos de varios años. Reuters sitúa las tasas atlánticas en más de 264.000 dólares diarios y las del Pacífico en torno a 219.000. En otras palabras, no solo escasea el gas; también se encarece el barco que debe llevarlo. Para terminales como Fos Cavaou, una de las grandes puertas de entrada del GNL en el Mediterráneo francés, esto implica operar en un entorno mucho más volátil y costoso.

Lo que está ocurriendo con estos metaneros es, en realidad, un recordatorio de la nueva fragilidad energética europea. Tras la reducción del gas ruso, el continente ha confiado cada vez más en el GNL para garantizar su abastecimiento. Pero esa dependencia le obliga ahora a competir en tiempo real con Asia por los mismos cargamentos, bajo reglas de mercado implacables y en medio de una crisis geopolítica que vuelve a demostrar hasta qué punto el mar, las rutas y la logística son ya tan decisivos como el propio recurso. Europa no se enfrenta solo a una subida de precios: se enfrenta a la posibilidad de que el gas simplemente tome otro rumbo

europaazul

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