La demanda de productos del mar sostenibles y trazables crece, pero la expansión de las granjas marinas choca cada vez más con el consenso local, la competencia por el litoral y los conflictos de uso del espacio costero.
Europa lleva años enviando un mensaje claro: más proteína azul, más trazabilidad y más producción de proximidad. Consumidores, distribución e instituciones coinciden en el diagnóstico. Sin embargo, el sector que debería capitalizar esa oportunidad —la acuicultura— avanza a un ritmo menor del que permitirían la tecnología, la calidad del producto o la capacidad empresarial instalada.
El principal freno, hoy, no es un cuello de botella técnico. Tampoco una crisis de confianza sobre lo que sale de las jaulas o de las bateas. La variable decisiva se ha desplazado a un terreno menos visible, pero determinante: la relación con el territorio. En otras palabras, la “licencia social” para ocupar y transformar una franja litoral cada vez más disputada.
Durante años, el debate público se centró en una comparación recurrente: pescado de cultivo frente a pescado salvaje. Ese eje ha perdido centralidad. La mejora de los sistemas de control, el avance de la trazabilidad y la evolución de las prácticas productivas han reforzado la confianza del mercado y han normalizado el consumo de especies de crianza.
El punto de fricción, en cambio, se ha trasladado al “dónde” y al “con quién”. No se discute solo qué produce una instalación, sino cómo ocupa el espacio y cómo convive con otros usos —turismo, pesca artesanal, paisaje, navegación recreativa, conservación— que también reclaman el litoral como propio.
La costa europea es un tablero de alta densidad. A la presión urbanística y turística se suman nuevas prioridades: energías renovables marinas, áreas protegidas, rutas marítimas, cableado, infraestructuras portuarias, actividades deportivas y el propio avance del cambio climático sobre la línea de costa.
En ese contexto, una instalación acuícola puede ser percibida como un elemento “extraño” en el paisaje, incluso cuando cumple estándares ambientales y genera producto de calidad. El conflicto no nace necesariamente de lo que produce, sino del modo en que “marca” el territorio: visibilidad, restricciones de uso, cambios en el horizonte, sensación de privatización de un espacio que la comunidad entiende como común.
La clave, cada vez más, es el grado de aceptación local. Cuando la comunidad no percibe un retorno tangible —empleo estable, continuidad económica, fijación de población, actividad complementaria a la pesca, dinamización del puerto, formación, servicios— el rechazo se vuelve estructural y no coyuntural.
Y ahí aparece un círculo vicioso conocido por muchas empresas del sector:
El resultado es una expansión fragmentada y desigual, con proyectos que se dilatan durante años, costes crecientes de cumplimiento y planificación, y dificultad para sostener apuestas de medio y largo plazo.
El “factor territorio” no afecta solo a las empresas. Afecta, sobre todo, a la capacidad de las administraciones para tomar decisiones. Regiones y municipios se mueven en un equilibrio delicado: apoyar un sector considerado estratégico, pero gestionar a la vez presiones sociales y conflictos de convivencia.
En escenarios de consenso frágil, la política tiende a la cautela extrema: procedimientos más largos, planificación más tímida, y menor respaldo explícito a la innovación. Donde el vínculo entre acuicultura y comunidad es sólido, las políticas encuentran continuidad. Donde es débil, se impone el inmovilismo.
En un marco de stocks bajo presión, cambios climáticos y demanda creciente de proteína marina, la acuicultura sigue siendo una de las respuestas con más potencial. Pero su futuro no dependerá únicamente de piensos, genética, automatización o mejoras ambientales. Dependerá, cada vez más, de su capacidad de integrarse:
La gran paradoja es que la acuicultura se considera estratégica en declaraciones y documentos, pero se vuelve frágil en la práctica cuando aterriza en un territorio con tensiones latentes. Y es precisamente en esa distancia entre potencial y realidad donde se juega una parte relevante del futuro de la cadena europea de productos del mar.
La acuicultura europea no está frenada por lo que es capaz de producir. Está frenada por cómo es capaz de convivir. Mientras el equilibrio territorial siga sin resolverse, el sector seguirá moviéndose en una zona gris: imprescindible en los discursos, pero vulnerable en el terreno. Y el “factor territorio” —ese consenso local que no figura en las fichas técnicas— seguirá siendo el verdadero cuello de botella del crecimiento.
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