Un estudio internacional liderado por AZTI proyecta que, a lo largo del siglo XXI, el “mapa” del atún rojo del Atlántico se desplazará progresivamente hacia latitudes altas, mientras que sus grandes áreas de puesta —Mediterráneo y golfo de México— podrían perder idoneidad en escenarios de altas emisiones.
Pasaia mira al mar con una pregunta incómoda para la pesca del futuro: ¿qué ocurre cuando una de las especies de mayor valor económico del planeta cambia de “dirección” en el Atlántico? La respuesta empieza a perfilarse en un trabajo científico recién publicado en Fish and Fisheries que apunta a un patrón cada vez más documentado en los océanos: a medida que el agua se calienta, muchas especies se desplazan buscando condiciones térmicas y tróficas más favorables. En el caso del atún rojo del Atlántico (Thunnus thynnus), el estudio anticipa un movimiento sostenido hacia el norte, con pérdidas de hábitat potencial en regiones tropicales y templadas y un aumento de condiciones adecuadas en áreas como el Atlántico nororiental y entornos de latitudes altas.
La investigación —titulada Navigating future waters: The resilience of the Atlantic bluefin tuna under climate change (doi:10.1111/faf.70061)— combina modelos que integran condiciones ambientales, presencia del atún, distribución de presas y actividad pesquera, y proyecta distintos escenarios climáticos hasta finales de siglo. El objetivo: entender cómo se reordenarán, en el tiempo, las zonas donde el atún puede alimentarse, reproducirse y ser capturado.
La señal más sensible del estudio no está solo en el “nuevo norte”, sino en el sur que pierde fuelle. Las dos grandes áreas de reproducción del atún rojo —mar Mediterráneo y golfo de México— aparecen como puntos críticos. Según las proyecciones difundidas por AZTI, la idoneidad del hábitat para los ejemplares adultos podría disminuir de forma notable, especialmente en un escenario pesimista de emisiones: hasta un 27% menos en el Mediterráneo y hasta un 70% menos en el golfo de México. Un deterioro de estas zonas de puesta no es un simple cambio de postal: afecta al éxito reproductivo y, por extensión, a la estabilidad futura de la población.
Maite Erauskin-Extramiana, investigadora de AZTI y autora principal del trabajo, resume el corazón del problema: el atún rojo puede adaptarse, pero el cambio climático altera el equilibrio entre las áreas de alimentación, las de reproducción y las zonas donde opera la pesca. Traducido al lenguaje de gestión: lo que ayer era “normal” en el reparto espacial de la especie puede dejar de serlo en pocas décadas.
El estudio añade un matiz clave: no se mueve solo el depredador. También se desplazan sus presas principales —en el entorno atlántico, especies como sardina, caballa o calamar, entre otras—, empujadas por cambios térmicos y de productividad. Ese movimiento paralelo genera nuevas áreas de solapamiento, especialmente en regiones boreales, que podrían funcionar como “zonas refugio” o áreas relativamente más favorables en el futuro.
Esta idea del “refugio” es importante por dos razones. La primera, ecológica: sugiere que habrá espacios donde el sistema (atún + alimento) seguirá siendo viable. La segunda, socioeconómica: esas nuevas zonas pueden atraer esfuerzo pesquero, inversión y tensiones de acceso, porque cuando el recurso se desplaza, las reglas de reparto y control quedan desafiadas.
El atún rojo es, por definición, una especie de grandes desplazamientos y de alta conectividad oceánica. Pero una cosa es migrar y otra relocalizar gradualmente el “centro de gravedad” del hábitat. De consolidarse estas tendencias, la gestión pesquera tendrá que responder a preguntas muy concretas: ¿cómo se ajustan las estrategias de seguimiento científico, la vigilancia y los planes de explotación si el recurso se concentra cada vez más al norte? ¿Qué ocurre con las flotas y puertos que dependen de campañas históricas en áreas que pierden idoneidad? ¿Y con las zonas de reproducción si se estrechan o cambian sus ventanas de condiciones óptimas?
Los autores del estudio subrayan precisamente esa necesidad: integrar el cambio climático en los sistemas de gestión para anticipar movimientos, evitar respuestas tardías y sostener la explotación dentro de márgenes biológicos seguros. En otras palabras, pasar de un enfoque reactivo a uno preventivo, con modelos y reglas capaces de convivir con un océano menos predecible.
El trabajo se ha desarrollado con apoyo de programas y proyectos de investigación que, desde distintos ángulos, están incorporando la variable climática a la planificación marina y a la economía azul, entre ellos iniciativas europeas como FutureMares.
El mensaje de fondo conecta con debates ya presentes en la política marítima: la sostenibilidad no será solo “cuánto” se pesca, sino también “dónde” y “bajo qué condiciones cambiantes”. Y en especies de alto valor —como el atún rojo— esa adaptación no es un detalle técnico: es una cuestión estratégica para la competitividad, la conservación y la convivencia entre usos del mar.
Referencia científica: Erauskin-Extramiana, M. et al. (2026). Navigating future waters: The resilience of the Atlantic bluefin tuna under climate change. Fish and Fisheries. doi:10.1111/faf.70061.
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