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EFSA toma el pulso al binomio pescado–mercurio en Europa

El pescado y el marisco siguen ocupando un lugar central en la dieta europea, pero el equilibrio entre beneficios nutricionales y exposición al mercurio continúa siendo un terreno delicado para la política alimentaria. En ese cruce se sitúa el nuevo estudio de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), elaborado a petición de la Comisión Europea para medir dos cuestiones clave: qué comen realmente los ciudadanos y cuánto influyen las recomendaciones oficiales sobre especies con mayor contenido potencial de mercurio.

La iniciativa no es menor. Bruselas busca reforzar su base de evidencia en un debate abierto con los Estados miembros sobre los límites máximos regulatorios (Maximum Levels, MLs) de mercurio en productos pesqueros y sobre una posible actualización de la evaluación de riesgo. EFSA ha respondido con una investigación paneuropea que, por primera vez, integra herramientas de ciencias sociales para explorar la distancia —a veces abismal— entre lo que la gente dice saber y lo que finalmente pone en el plato.

Dos encuestas, 29 países y foco especial en embarazadas

El trabajo se apoya en dos rondas de encuestas. La primera se realizó en abril–mayo de 2023 en los 27 países de la UE, además de Islandia y Noruega. La segunda, ya en 2024, se concentró en 10 países que habían actualizado sus recomendaciones y en otros cinco que no las habían modificado, para poder comparar. EFSA aumentó el peso de mujeres embarazadas y lactantes en la muestra por tratarse del grupo más sensible: el feto es el más vulnerable al metilmercurio, pero también se beneficia de nutrientes clave del pescado en la dieta materna.

La metodología fue clara: entrevistas telefónicas asistidas por ordenador y un cuestionario combinado de “propensión de consumo” y “conocimiento/conciencia”. Se analizaron 38 especies, agrupadas según los MLs de mercurio asociados (1,0; 0,5; 0,3 mg/kg), y se preguntó tanto por frecuencia de consumo como por conocimiento de contaminantes y de recomendaciones nacionales.

Un dato que inquieta: un tercio consume especies “de mayor mercurio” tres veces por semana o más

El primer gran titular del estudio es aparentemente positivo: el 60% de los encuestados en esos 29 países declara consumir pescado y marisco. Pero el segundo dato eleva el listón del debate: entre quienes consumen productos pesqueros, alrededor de un tercio afirma comer especies con los MLs más altos de mercurio tres o más veces por semana (34% en adolescentes y adultos; 33% en embarazadas). EFSA, no obstante, llama a interpretar estos resultados con cautela por las incertidumbres sobre la representatividad de las muestras.

El informe también detecta una tendencia transversal: el consumo de pescado y marisco aumentó entre las dos rondas de encuesta “en todos los países y categorías de especies”, independientemente de si se publicaron o no nuevas recomendaciones nacionales.

Recomendaciones: menos grandes depredadores, más especies pequeñas

EFSA recuerda que la base de la comunicación pública en Europa suele apoyarse en un principio sencillo: no renunciar al pescado, pero moderar las especies con mayor mercurio. De hecho, la propia encuesta recoge que la mayoría de autoridades nacionales recomiendan, de forma general, 1–2 raciones semanales de especies con límites más altos (1,0 mg/kg) y 3–4 raciones de especies con límites inferiores (0,5 o 0,3 mg/kg). Para el embarazo, la pauta recurrente es sustituir grandes peces por especies más pequeñas, que tienden a bioacumular menos mercurio.

La lógica está anclada en el marco normativo comunitario. El Reglamento (UE) 2023/915 fija MLs por grupos y especies: 1,0 mg/kg para una lista que incluye, entre otros, tiburón, pez espada y túnidos; 0,3 mg/kg para especies como bacalao, arenque, caballa, salmón, sardina o anchoa, entre otras; y 0,5 mg/kg para muchas especies no incluidas en las listas específicas.

La paradoja comunicativa: se conocen más los beneficios que los riesgos

El tercer hallazgo es quizás el más incómodo para las administraciones: el consejo existe, pero no gobierna el comportamiento. EFSA constata que la conciencia sobre contaminantes es “generalmente baja”, aunque el mercurio es el contaminante más reconocido. Y, cuando se pregunta por el “porqué” de las elecciones alimentarias, entran en escena los factores que mandan: sabor, precio y deseo de comer sano, por encima de la recomendación oficial.

En términos de percepción, la asimetría es rotunda: aproximadamente 5 de cada 10 consumidores identifican beneficios de salud asociados al consumo de pescado y marisco, frente a alrededor de 1 de cada 10 que identifica riesgos.

Esta brecha importa porque el riesgo que preocupa a los reguladores —el metilmercurio, forma más tóxica— está vinculado a efectos sobre el desarrollo neurológico del feto y de niños pequeños. EFSA ya estableció en 2012 una ingesta semanal tolerable (TWI) para metilmercurio de 1,3 µg/kg de peso corporal, y subrayó la necesidad de limitar especies con mayor contenido para mantener beneficios sin elevar riesgos.

Implicaciones para el sector: confianza, segmentación y mensajes más útiles

Para la cadena pesquera y comercial —en especial para el atún, el pez espada y otras especies emblemáticas— el estudio de EFSA deja un mensaje doble.

  1. El mercado no está “huyendo” del pescado: el consumo se mantiene e incluso aumenta.
  2. La gestión del riesgo se juega en la comunicación: si el consumidor decide más por gusto y precio que por guías oficiales, la eficacia de las recomendaciones depende de cómo se traduzcan en mensajes claros, prácticos y segmentados.

EFSA apunta que hay diferencias relevantes por país y por grupo poblacional, y que las autoridades sanitarias pueden usar estos datos para afinar estrategias. En otras palabras: no basta con decir “coma pescado”; tampoco con decir “ojo al mercurio”. La clave es ayudar a elegir qué especies, con qué frecuencia y en qué grupos vulnerables sin disparar alarmas que acaben reduciendo el consumo global y, con él, los beneficios nutricionales que la propia EFSA reconoce.

En un momento en el que Europa revisa límites y herramientas de evaluación, EFSA ha puesto sobre la mesa un “mapa” del comportamiento real. Y ese mapa sugiere que la próxima batalla no será solo normativa: será, sobre todo, de confianza y comprensión.

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