Un residuo que normalmente acaba en el contenedor puede convertirse en una materia prima útil para la industria textil. Un equipo de investigación de la Universidad del País Vasco (EHU) ha demostrado que la “arena” obtenida al triturar conchas de mejillón funciona como abrasivo para desgastar tela vaquera, con resultados competitivos frente a materiales habituales y con un impacto ambiental menor.
El hallazgo nace de una necesidad muy concreta: una gran empresa del sector buscaba alternativas más sostenibles para conseguir el acabado “envejecido” que demanda el mercado. El reto no era menor. Durante años, el método clásico de desgaste mediante proyección de abrasivo a presión —el conocido “chorro de arena”— arrastró una sombra sanitaria: el uso de sílice estuvo asociado a graves daños respiratorios en trabajadores expuestos sin protección adecuada. La técnica quedó estigmatizada y el sector se desplazó hacia opciones químicas oxidantes o procesos térmicos con láser, que no siempre ofrecen el mismo acabado y pueden generar otros problemas ambientales o de toxicidad.
En ese contexto, el grupo Materiales + Tecnologías (GMT) de la EHU, en colaboración con el MIT, se planteó una pregunta pragmática: si el chorro de abrasivo sigue siendo un método útil cuando se aplica con seguridad, ¿es posible hacerlo con un material más sostenible y eficiente?
El procedimiento probado por los investigadores es sorprendentemente sencillo y compatible con equipos ya existentes en la industria. Las conchas —procedentes de restos de consumo alimentario— se lavan, se esterilizan mediante tratamiento térmico, se muelen, se tamizan y, finalmente, se proyectan a presión contra el tejido vaquero con aire comprimido.
El equipo ensayó distintas vías antes de dar con el residuo marino. Incluso evaluó la reutilización de botones de prendas desechadas, pero lo descartó por falta de viabilidad. La clave, explican, fue encontrar un material renovable, disponible y con buen comportamiento mecánico.
El resultado que más interesa a la industria no es solo ambiental, sino también operativo. Frente a abrasivos como el granate (un silicato mineral sin cuarzo utilizado como alternativa a la sílice), la arena de concha muestra una ventaja: se rompe menos al impactar. Dicho de otro modo, es menos quebradiza, dura más ciclos de uso y obliga a reponer menos material para lograr el mismo nivel de desgaste.
Esto es importante porque el proceso industrial no “consume” toda la arena en un único uso: el abrasivo se recoge y se reutiliza varias veces, pero va perdiendo eficacia a medida que se fragmenta y debe ser reemplazado periódicamente. Si la concha triturada aguanta mejor, el sistema necesita menos aporte de material nuevo para mantener el rendimiento.
Además del rendimiento, la investigación subraya un factor que decide contratos: la calidad del acabado. Según las pruebas, el abrasivo de concha permite reproducir tonos y matices buscados por diseñadores y consumidores y deja el tejido más suave al tacto, una característica que no siempre se consigue con tratamientos químicos.
En un mercado donde el “look” del vaquero —su degradado, sus sombras, su tacto— es parte del valor del producto, la posibilidad de alcanzar un acabado competitivo sin recurrir a procesos más agresivos se convierte en un argumento comercial.
El componente ambiental completa la ecuación. Las conchas de mejillón son un subproducto masivo del consumo alimentario: en el mundo se generan alrededor de 1,5 millones de toneladas al año, y gran parte termina como residuo sin uso. Convertirlas en abrasivo implica “subirlas” en la cadena de valor: en lugar de extraer un mineral no renovable, se aprovecha un flujo de desecho ya existente.
La idea encaja con la lógica de la economía circular: reducir extracción, reutilizar residuos y sustituir insumos con mayor huella ambiental por alternativas renovables. Y, en este caso, sin exigir a la industria una inversión adicional en maquinaria, porque el proceso puede integrarse en líneas de chorro abrasivo ya implantadas.
El estudio abre además una puerta a usos colaterales. Si la concha triturada funciona como abrasivo en un tejido resistente como el denim, podría tener recorrido en otras aplicaciones industriales: limpieza de piezas mecánicas, tratamiento superficial y hasta tareas vinculadas al mantenimiento de barcos. La investigación plantea el material como base para un catálogo más amplio de soluciones, siempre que se estandaricen granulometrías, protocolos y controles.
La innovación no promete milagros: no elimina de golpe los desafíos de sostenibilidad del textil, ni sustituye por sí sola los debates sobre condiciones laborales en acabados industriales. Pero sí aporta una solución concreta, medible y escalable: transformar un residuo marino en herramienta productiva, reducir dependencia de abrasivos no renovables y mantener —o incluso mejorar— el estándar de acabado que exige el mercado.
En el fondo, el experimento lanza un mensaje muy vasco y muy industrial: a veces la innovación no está en inventar una máquina nueva, sino en mirar un residuo cotidiano y preguntarse qué podría ser mañana
El sector denuncia que la normativa, en vigor desde el 10 de enero, impone una…
Una investigación difundida por el Círculo de Políticas Ambientales (CPA) y la ONG Sin Azul…
El Govern balear reclama que la transición energética del sector no se convierta en un…
Desde la noche del 8 de enero, el Fish Export Service británico exige nuevos campos…
Con apenas 43 km² de tierra emergida, las Îles Éparses (islas Dispersas), Grupo de islas…
De Yibuti al golfo de Guinea, el mapa portuario africano se ha convertido en una…