El Espartal, La Isla y La Ñora han sido incorporados al Catálogo Español de Hábitats en Peligro de Desaparición como espacios de protección para elasmobranquios, mientras la UICN reconoce dos ISRAs entre Cabo Peñas–Valdés/Cudillero y frente a Colunga. La ciencia ciudadana y la Universidad de Oviedo han sido clave.
La costa asturiana suma nuevas coordenadas en el tablero de la conservación marina. Tres puntos del litoral —El Espartal, La Isla y La Ñora— han sido incorporados al Catálogo Español de Hábitats en Peligro de Desaparición como espacios de protección para rayas y tiburones, según informó COPE Avilés. En paralelo, el Principado refuerza su posición en el mapa científico internacional con el reconocimiento de dos Áreas de Importancia para Tiburones y Rayas (ISRA) por la UICN, una figura que identifica zonas críticas para reproducción, alimentación o refugio de especies vulnerables.
En un mar donde los elasmobranquios (tiburones y rayas) suelen aparecer en titulares por el miedo o el mito, la noticia va por otra vía: dónde viven, dónde se reproducen y qué necesita la gestión para no llegar tarde. La investigadora Laura Miralles (Universidad de Oviedo) explica que la “ISRA” asturiana no es un contorno dibujado al azar, sino el reflejo de evidencias acumuladas durante años: grabaciones submarinas y un programa de ciencia ciudadana que ha registrado, entre otros indicios, la presencia de huevos de rayas y tiburones en playas del entorno.
El salto al catálogo estatal sitúa el foco sobre tres zonas concretas del Cantábrico asturiano: El Espartal (área de dunas y playa vinculada a Castrillón), La Ñora (en el entorno Gijón–Villaviciosa) y La Isla (en Colunga). La catalogación, tal como se ha difundido, implica activar medidas específicas de conservación orientadas a hábitats sensibles, con el objetivo de proteger especies que, pese a ser más frecuentes de lo que el imaginario colectivo asume, comparten una biología que las hace vulnerables: crecimiento lento, maduración tardía y baja fecundidad.
El instrumento no es menor. La Ley 42/2007 prevé la “catalogación de hábitats en peligro de desaparición” para aquellos cuya conservación o restauración exija medidas específicas. Y, aunque el propio Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO) recuerda que el Catálogo Español de Hábitat en peligro de desaparición aún arrastra un desarrollo reglamentario incompleto, su lógica es clara: identificar tipos de hábitat amenazados y orientar actuaciones de protección y restauración.
Más allá del marco estatal, el reconocimiento internacional llega de la mano de la UICN. Asturias cuenta con dos ISRAs: un tramo que va desde Cabo Peñas hasta las proximidades del límite entre Valdés y Cudillero, y una segunda franja frente a Colunga. La división en dos “fragmentos” responde, según Miralles, a la distribución real de las evidencias: allí es donde los datos apuntan con mayor solidez a presencia y reproducción.
Conviene subrayar un matiz: una ISRA no es, por sí sola, un espacio marino protegido con prohibiciones automáticas. La Universidad de Oviedo lo explica así: se trata de un “puente” entre la investigación científica y la gestión, una cartografía útil para que administraciones y organismos de pesca puedan diseñar medidas prácticas basadas en ciencia.
La dimensión del inventario ayuda a entender el alcance. La UICN ha identificado por primera vez 124 áreas importantes en el Atlántico europeo; y, según la Universidad de Oviedo, España alberga 34, lo que representa el 27% del total. En el Cantábrico, el “triángulo” de referencia para la conservación de elasmobranquios se completa con Bermeo (Euskadi) y los Cañones de Cap Bretón (frente a Euskadi y Francia).
En estas áreas aparecen especies citadas por los equipos de trabajo como la raya mosaico, el alitán o el cazón, además de otras incluidas en listados de interés para conservación en aguas españolas. Y hay un elemento comunicativo relevante: los investigadores insisten en que hablamos de especies inofensivas para las personas, y que el objetivo es visibilizar su valor ecológico. En palabras de Miralles, “las rayas son unas grandes desconocidas”.
Que el mapa se pinte de “zonas clave” no elimina el problema principal: la captura accidental. La ciencia viene advirtiendo que determinados tiburones —especialmente los de menor tamaño y los asociados a mayores profundidades— pueden ser particularmente vulnerables en escenarios de pesca no dirigida. Un estudio liderado por la Universitat de València apunta precisamente a esa fragilidad y a la necesidad de medidas prácticas para reducir mortalidad asociada al bycatch.
Ahí es donde estos reconocimientos pueden traducirse en gestión útil: más seguimiento científico, mejores datos de presencia y reproducción, y decisiones quirúrgicas (temporales o espaciales) que compatibilicen actividad pesquera con la protección de enclaves sensibles. La propia experiencia de las ISRAs en Asturias sugiere una vía: sumar ciencia ciudadana, información pesquera y administración para pasar del mapa a la medida.
La pregunta que queda abierta es la más importante: ¿qué cambia mañana en el agua? En el caso de las ISRAs, el reconocimiento es informativo y de priorización; en el caso del catálogo estatal, el marco legal apunta a medidas específicas, pero su efectividad dependerá de cómo se concrete el instrumento y cómo se integre en políticas de costa, biodiversidad y ordenación de usos.
Asturias, al menos, ya ha colocado tres nombres —El Espartal, La Isla y La Ñora— en la agenda pública y dos grandes corredores —Cabo Peñas–Valdés/Cudillero y Colunga— en la cartografía internacional. Lo que ocurra a partir de ahí marcará si estamos ante un gesto simbólico o ante el inicio de una conservación de precisión: la que protege el lugar exacto donde la vida se juega su continuidad.
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