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Alonso Hernández Guerra alerta sobre el papel del océano y su salinidad en el cambio climático

El catedrático y especialista en oceanografía física, Alonso Hernández Guerra, explica cómo una mínima proporción de sal en el agua del mar es clave para regular el clima global, y cómo su alteración podría tener consecuencias devastadoras.

“El agua del mar es fundamentalmente agua dulce. Solo contiene 35 gramos de sal por litro, lo que equivale al 3,5% del total. Pero esa pequeña cantidad, compuesta principalmente por cloro y sodio, es esencial para el equilibrio del clima terrestre”. Con esta afirmación contundente comenzaba su conferencia Alonso Hernández Guerra, catedrático de Oceanografía Física y miembro del Comité Externo de Asesoramiento Científico del Instituto Español de Oceanografía (CSIC).

¿De qué está compuesta la sal del océano?

La salinidad del mar está compuesta, principalmente, por iones de cloro (55%) y sodio (30%), seguidos de otros elementos como sulfatos, magnesio, calcio y potasio. Aunque su proporción es mínima en comparación con el volumen total de agua, estos compuestos juegan un papel clave en la densidad del agua marina, lo que a su vez influye directamente en la circulación oceánica y, por tanto, en la regulación térmica del planeta.

Hernández Guerra ofreció un dato sorprendente: “En toda la columna de agua desde la superficie hasta los 6.000 metros de profundidad, la diferencia de salinidad apenas alcanza 2 gramos por litro. Esta estabilidad permite identificar masas de agua procedentes de la Antártida, el Ártico o el Mediterráneo gracias a sus firmas salinas”.

¿Cuál es el origen de la sal del océano?

El origen de la sal del mar se debe a tres procesos clave. El primero, la erosión de las rocas continentales arrastradas por los ríos hacia el océano. Los otros dos procesos son de origen geológico: la actividad hidrotermal, a través de fisuras submarinas donde el agua se calienta y arrastra minerales desde el interior terrestre; y el vulcanismo submarino, como el del volcán Tagoro en El Hierro, que en 2011 emitió grandes cantidades de compuestos minerales al mar.

Además, el profesor habló de fenómenos espectaculares como las brine pools o “piscinas hipersalinas”, zonas cerradas en el fondo marino donde la salinidad puede ser hasta diez veces superior a la del agua normal, lo que las convierte en trampas letales para cualquier forma de vida que se aventure en su interior.

¿Qué repercusión tiene la sal en el cambio climático?

La intervención del catedrático se centró en explicar cómo la salinidad actúa como un motor silencioso del clima global. En combinación con la temperatura, la salinidad determina la densidad del agua marina, lo que impulsa el sistema de circulación termohalina, también conocido como la “cinta transportadora oceánica”.

Este complejo sistema conecta todos los océanos del mundo y regula el intercambio de calor entre el ecuador y los polos. Hernández Guerra lo ilustró con el ejemplo de cómo la corriente del Golfo transporta calor hasta Europa, haciendo que ciudades como Lisboa tengan inviernos 10 grados más cálidos que otras en la misma latitud como Nueva York.

Sin embargo, advirtió de un escenario alarmante: el deshielo en Groenlandia, provocado por el aumento de temperaturas, libera enormes cantidades de agua dulce al océano, diluyendo la salinidad del Ártico. Esa disminución de densidad impide que el agua se hunda y forme corrientes profundas, lo que puede colapsar la circulación global.

“El colapso de la cinta transportadora global no es ciencia ficción”, alertó el científico, en referencia a películas como El Día de Mañana. “No ocurrirá en un solo día, pero los modelos indican que puede cesar de forma abrupta. Y con ello, llegarán inviernos extremos en Europa, sequías prolongadas en la Amazonía y alteraciones irreversibles en los patrones climáticos globales”.

La paella científica y el sabor del fondo marino

Durante la conferencia, Hernández Guerra compartió una anécdota curiosa: en su última campaña oceanográfica en el buque Sarmiento de Gamboa, preparó una paella con agua recogida a 4.000 metros de profundidad, mezcla de aguas del Ártico y el Atlántico. “El sabor era distinto, más suave. Puede que se debiera a la menor salinidad o a la presencia de otros iones como magnesio o potasio. Fue una forma de saborear, literalmente, el conocimiento del océano”.

Un mar en peligro, pero también con soluciones

El investigador concluyó su intervención con una visión crítica pero esperanzadora. “La gestión local de los recursos marinos ha mejorado, hay buenas noticias como la recuperación de la anchoa o el atún rojo. Pero el problema es global: el cambio climático y la inacción política están poniendo en peligro la maquinaria térmica del planeta”.

Con la precisión de un físico y la pasión de un divulgador, Alonso Hernández Guerra dejó claro que entender la sal del mar es mucho más que una cuestión de química: es una clave esencial para preservar el equilibrio climático de la Tierra.

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