La piscifactoría onshore del muelle 11 del Puerto de Alicante se prepara para introducir sus primeros alevines de seriola (pez limón/lechóla), un hito para la diversificación acuícola en el Mediterráneo y una apuesta industrial basada en recirculación de agua de mar (RAS).
Alicante está a punto de abrir una nueva etapa en la acuicultura española con un gesto que, en el sector, vale más que una inauguración: la primera “siembra” de peces. La instalación en tierra dedicada a Seriola dumerili —conocida como seriola, pez limón o lechola— entra en la cuenta atrás para recibir a sus primeros alevines y activar el ciclo productivo. La compañía promotora, Alicante Aquaculture / Aquaculture, presenta el proyecto como la mayor granja en tierra del mundo para esta especie, con la mirada puesta en un mercado que crece en hostelería y en la demanda internacional.
La noticia no es solo que Alicante vaya a criar seriola, sino cómo lo hará: en una granja construida en tierra, alimentada por agua marina captada y tratada, con tecnología de recirculación (RAS) para controlar parámetros, bioseguridad y estabilidad productiva. La instalación se ubica en la explanada del muelle 11 del Puerto de Alicante, y la empresa ha venido ultimando ajustes para ponerla en marcha en la segunda mitad de febrero de 2026, momento en el que se prevé la entrada de los alevines.
Ese primer lote —la “siembra”— es el verdadero inicio: marca el paso de obra y pruebas a operación productiva, y abre un calendario que, en proyectos de engorde, se mide en meses de crecimiento y conversión alimentaria, no en cortes de cinta.
En la acuicultura mediterránea, Seriola dumerili se ha convertido en un símbolo de diversificación: una especie de alto valor, apreciada en mercados como el asiático y con creciente tracción en la restauración europea. Según información publicada sobre el proyecto, la comercialización de la primera cosecha llegaría ya con interés del canal horeca.
Para el sector, el movimiento tiene un mensaje de fondo: España quiere disputar liderazgo en nuevas especies marinas, más allá del binomio dorada-lubina, y hacerlo con modelos industriales que reduzcan incertidumbres sanitarias y de suministro.
El modelo RAS en tierra gana adeptos porque permite controlar el entorno de cultivo (temperatura, oxígeno, calidad del agua) y elevar los estándares de bioseguridad. La propia iniciativa se presenta con atributos ligados a pureza y control del producto.
Pero el RAS también concentra uno de los grandes debates de la acuicultura europea: energía y costes operativos. Bombear, filtrar, recircular y mantener estabilidad de parámetros exige consumo eléctrico y una estrategia clara para no perder competitividad, especialmente en un escenario de precios energéticos volátiles. Ahí se juega buena parte de la credibilidad del “nuevo” modelo: no basta con producir, hay que hacerlo con números y con licencia social.
La empresa no oculta su voluntad de ampliar huella y capacidades: la información publicada señala que el proyecto se acompaña de peticiones de más superficie portuaria para crecer.
En paralelo, el historial informativo del desarrollo —desde su planteamiento inicial hasta la recta final— refleja un recorrido administrativo y técnico típico de infraestructuras acuícolas innovadoras: permisos, ingeniería, obra, pruebas y arranque.
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