La pesca española encara un problema estructural: no hay relevo generacional para tripulaciones que envejecen a bordo de buques con más de 25 años de media. Faltan capitanes, patrones costeros, mecánicos navales y marineros pescadores. En todos los Congresos celebrados este año se establece esta prioridad porque se ha llegado a una deficiencia manifiesta de pérdida de vocaciones y una renovación de flota todavía lenta en un oficio duro, peligroso y cada vez menos atractivo para los jóvenes, con un consumo interno de pescado en retroceso.
“Trabajar en el mar tiene que atraer, prestigiar y verse como sector de futuro”, es una frase que exigen los armadores y que fijas tres retos: descarbonizar, atraer talento joven y revitalizar el consumo. Javier Touza, presidente de ARVI lo sintetiza: “Tenemos un grave problema con las tripulaciones porque el sector no atrae a gente joven”. La fotografía demográfica es contundente: el 73% de los trabajadores supera los 40 años y en muchas artes padres e hijos ya no comparten borda como antes.
Dos indicadores ilustran la tendencia. Flota: el segmento de buques de 11 metros pasó de 9.635 unidades (2014) a 8.549 (2023), un millar menos en nueve años. Empleo: alrededor de 34.000 ocupados (EPA 2023), 83% hombres; la brecha de género se aprecia en categorías extremas (apenas 7 mujeres buceadoras y 2 buzos embarcadas en el Régimen Especial del Mar), mientras que en redería sí hay mayor presencia femenina (330 rederas frente a 76 hombres). En el marisqueo gallego, el permex (licencias) también cae: de 3.724 en 2020 a 3.307 en 2024; además, el 62,5% de quienes marisquean tienen más de 51 años.
La siniestralidad pesa en la decisión de carrera: 1.431 siniestros en 2020 con 15 fallecidos, a lo que se suman tragedias recientes como los 21 marineros del “Villa de Pitanxo” (2022) o los 9 muertos y 5 desaparecidos del “Argos Georgia” (2024). A ello se añaden cambios normativos que alteran planes de marea y equilibrio social en caladeros: el reciente cierre de 42 áreas por parte de Escocia impacta en 25 barcos gallegos (volanta, pincho, nasas) y unos 400 empleos con décadas de actividad en zonas como Rockall.
Un informe del MAPA (2024) ya advertía del déficit formativo en altura y gran altura y del vacío de relevo a bordo. La traba no es solo vocacional: titulaciones, homologaciones y prácticas siguen siendo cuellos de botella. En junio, el PNV llevó al Congreso una propuesta para permitir capitanes extranjeros modificando la Ley de Navegación Marítima (14/2014), que hoy limita la capitanía a nacionales españoles o del EEE. El ministro Luis Planas calificó la idea de “muy oportuna” ante la “preocupante falta de relevo” que compromete una actividad esencial para la seguridad alimentaria y la vida económica de las zonas costeras.
La alarma por el relevo generacional trasciende a la lonja. La “carestía de manos” afecta a toda la cadena: astilleros, talleres, rederías, frío, logística. Sin tripulaciones, no hay descargas; sin descargas, se vacía la cadena de valor y retrocede la garantía nutricional de un país con costa y cultura marítima. Entre marea y aula, puente y taller, España se juega algo más que su cuota: el futuro de una economía azul con identidad, empleo y alimentos de calidad.
Por todo ello, la pesca no es un oficio en extinción, pero sí en riesgo si no se actúa con rapidez y coherencia. Formación útil, flota más segura y atractiva, reglas claras y consumo informado son las amarras de un nuevo pacto generacional para que las próximas hornadas de capitanes, patrones, mecánicos y marineros encuentren motivos para embarcar… y para quedarse.
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