Investigación

La ballena del Atlántico Norte no termina por recuperarse

Una de las esperanzadoras historias ecológicas de los últimos años – la lenta recuperación de la población de ballena del Atlántico Norte – ha cobrado un cariz desastroso. Los biólogos marinos han hallado que su población se ha desplomado bruscamente en los últimos años y puede que solo queden en el mundo unas 100 hembras adultas reproductoras. Muchos científicos temen que la especie se convierta en la primera de las grandes ballenas que desaparece en tiempos modernos.

La principal causa del precipitado descenso de la población ha sido el uso de artes de pesca comerciales cada vez más pesadas que se dejan caer en el suelo marino para la captura de langosta, cangrejo de las nieves y boquinete frente a la costa este de Norteamérica. Las ballenas quedan enredadas en los cabos que sujetan estas trampas y sus boyas. En algunos casos, se han hallado cientos de metros de este pesado cabo atado a trampas de más de 60 kg envolviendo a los mamíferos. “Tenemos registros de animales llevando a cuestas durante meses estas enormes cargas de las que no pueden desprenderse,” decía Julie van der Hoop, de la Universidad Aarhus en Dinamarca.

“En algunos casos han quemado más de 25.000 calorías al día por culpa de estos enormes pesos. Algunas mueren, en otros casos los rescatadores logran liberarlas pero suelen estar muy delgadas y desnutridas. Como resultado no pueden reproducirse.”

La ballena del Atlántico Norte, Eubalaena glacialis, recibe su nombre del hecho de que los primeros balleneros la consideraban la ballena “perfecta” (right) para cazar – nadan lentamente, permanecen en aguas costeras y flotan cuando las matan. Se cazó un enorme número en todo el Atlántico, quedando actualmente solo unas pocas manadas en la costa este de los Estados Unidos y Canadá. La población descendió posiblemente a unos 100 individuos hasta en 1935, cuando su caza fue declarada ilegal.

Su población fue creciendo durante el resto del siglo XX, aunque a un ritmo muy lento. En el 2000, se pensó que había unas 400 en el Atlántico Norte. Seguían siendo muy pocas pero se guardaban esperanzas de que un continuado aumento de la población las sacaría de la senda de la extinción.

Pero las cifras que se presentaron en una reunión de la Sociedad de Mastozoología Marina celebrada el pasado mes en Halifax, Canadá, ha desvanecido cualquier esperanza. Los delegados escucharon como cada año quedan enredadas en las artes de pesca cerca de unas 50 ballenas y que la tasa de mortalidad debido a estos enredos ha aumentado a más del doble durante los últimos 10 años.

“Ha sido un año catastrófico para la ballena del Atlántico Norte,” decía Ann Pabst, de la Universidad de Carolina del Norte en Wilmington. “Sabemos que han muerto al menos 16 ballenas, algunas de las cuales mostraban indicios claros de colisiones con barcos y otras de enredos, y podrían haber más casos que todavía no hemos encontrado.”

Un ejemplo de las tribulaciones sufridas por la ballena franca es la historia de Ruffian, un macho de 13 años que fue descubierto enredado en 138 metros de cabo y una trampa para cangrejos de 61 kg que había estado arrastrando desde Canadá a Florida durante varios meses. Finalmente, fue liberado por personal del Departamento de Recursos Naturales de Georgia. “Me sorprende que Ruffian haya sobrevivido dadas las calorías consumidas arrastrando todo ese peso”, decía van der Hoop.

Otras ballenas francas no han tenido tanta suerte. En otros casos, las hembras quedan en un peligroso estado de desnutrición y son incapaces de reproducirse. Este último punto es subrayado por van der Hoop. “El problema al que se enfrentan no es solo la pérdida de vidas sino una pérdida general de fertilidad.”

Además de los enredos, los biólogos marinos también destacan el creciente problema de las colisiones con barcos. Las ballenas francas son grandes, llegando hasta los 50 pies de longitud, y se mueven lentamente, lo que las hace vulnerables a las colisiones. En 2008, se introdujeron regulaciones que requieren que los barcos grandes aminoren la velocidad cuando entran en puertos en determinados momentos en áreas clave: en invierno en el sur, donde las hembras están alumbrando, y en verano en el norte, cuando las ballenas están en sus lugares de alimento. En otros casos, se desplazan las rutas marítimas.

“Sin embargo, parece que ahora las ballenas francas están abandonando sus lugares de alimento históricos – probablemente en busca de alimento” dice Bill McLellan, también de la Universidad de Carolina del Norte en Wilmington.

Las ballenas francas se alimentan de unos pequeños crustáceos llamados copépodos y algunos investigadores creen que éstos se están desplazando en respuesta a los cambios en la temperatura del océano provocados por el calentamiento global.

“Puede que las ballenas estén siguiendo a los copépodos, llevándolas a entrar en aguas donde es más probable que sean golpeadas por un barco,” dice McLellan.

Los científicos dicen que es necesaria una investigación urgente para comprender los cambios de la población. Además, un trabajo liderado por Amy Knowlton, del Acuario de Nueva Inglaterra, sugiere que el reforzamiento reciente de cabos y líneas ha sido innecesario y que volver a usar cabos menos resistentes salvaría la vida de estos animales. Un solución aun mejor sería el desarrollo de un mecanismo electrónico de pesca que eliminaría la necesidad del uso de cabos.

Todos coinciden en que es necesaria más acción.

“Estamos descubriendo el verdadero problema que supone cualquier mamífero grande cuyos números están por debajo de un número límite” dice Pabst. “La extinción es una consecuencia muy potencial.”

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